10 de marzo de 2009

Dudas


Anoche te tuve entre mis brazos, aunque fue sólo en sueños. Tenía miedo de despertar, de abrir los ojos, de perder ese aroma que me había quedado en mi mente.
Anoche, mientras dormía, pensé en la posibilidad de que fueras mía, de que pudiera llegar a amar a una mujer, y me gustó la idea. Fue como descubrir un nuevo mundo lleno de sensaciones nunca antes exploradas, de posibilidades que me revitalizaban.
Pero aún recordaba lo que habíamos hablado horas antes, tu suavidad para decirme que no estabas interesada, que no eras para mí, que era mejor no insistir en ello. La tristeza me invadió.
Y no obstante, algo me impulsaba a brincar de la cama y ver si estabas conectada ya, a esas horas de la mañana. Antes de darme cuenta ya había prendido el equipo y el modem. Inicio de sesión: no estabas. Mas había un mensaje ahí, enviado un par de horas antes donde, de una manera dulce, me decías que te sentías como el personaje de cierta novela y yo era el pobre diablo que jamás podría tenerla. Y al final, esa frase otra vez: no te alejes.
¡Como no alejarme! ¿Cómo no hacerlo si cuando te sentía cerca me volvía loca y tenía ganas de decirte que te quería? ¿Cómo no salir corriendo de la confusión que por dentro me provocabas? ¿Cómo no irme si era rechazada? ¿Cómo no hacerlo?
No sé cómo, pero no lo hice. Ahí estaba conectada esa noche, hablando contigo, jurándote que no me alejaría, que todo era una especie de confusión mía, que no me hicieras caso. Quería que estuvieras tranquila, que no te sintieras presionada y huyeras. Lo que más temía era perderte.
Y sin darnos cuenta, fue justamente así como empezó el juego.

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